Aquel era un día especial para la ciudad de Is. Aparte del mercado anual que se celebraba todos los años en la ciudad era el día de La Sentencia de Los Ladrones. Para tal evento habían montado un patíbulo, con todo lujo de detalles, en el centro de la plaza principal de la ciudad y en el estaban los verdugos afilando sus cuchillos, espadas y hachas para las sentencias y los jueces ultimando los detalles de las sentencias de los ladrones y de las posibles compras de alguno de ellos, aunque esto rara era la vez que ocurría. Por orden del Emperador, cada cierto tiempo se celebraba La Sentencia de Los Ladrones, donde estos eran condenados y cumplidas sus sentencias en público. Si no estaban condenados a muerte por sus delitos y robos, tenían la oportunidad de ofrecerse públicamente a quien quisiera comprarlos y así salvarse de su sentencia, que por lo general era la amputación de una o las dos manos o uno o los dos brazos al completo, según fuera su delito o robo. Imploraban el perdón con suplicas y ruegos, prometiendo promesas que muy pocos creían. Decían cuanto trabajadores eran y los que sus brazos podían aportar al dueño que los comprara. Trataban por todos los medios posibles de convencer y conservar sus miembros y esto al gentío le producía placer por ver como muchos de ellos, anteriormente altaneros y fanfarrones, se humillaban y suplicaban un perdón que no existía entre el mucho odio que se les tenia a muchos de ellos. La plaza estaba a rebosar y todos esperaban impacientes que comenzaran las sentencias, sobre todo las de pena capital, ya que el hecho de ver como decapitaban a los ladrones les producía exaltación y tranquilidad a la misma vez, de saber que habría un ladrón menos que les robara sus pertenencias, sobre todo a sus mujeres e hijas. Uno de los Jueces fue imponiendo el silencio en la plaza mediante gestos y gritos de silencio para hacerse escuchar entre el constante y alto murmullo de todas clase de voces, sugerencias y comentarios. Cuando por fin lo consiguió, carraspeo y con voz alta y clara comenzo: -En el día de hoy doy por abierta La Sentencia de Los Ladrones. Antes de comenzar con el primero de ellos quisiera preguntar si alguno de los presentes desea comprar a alguno de ellos y tenerlo como esclavo de por vida, tal y como marca La Ley de La Sentencia de Los Ladrones. Observo a los allí congregados en silencio por unos instantes y al ver que nadie decía palabra sobre al cuestión volvió a retomar la palabra. - Bien, en vista de que nadie tiene intención de tal cosa, comencemos por los delitos de menor consideración. Que salga el primero de ellos y que goce de su oportunidad de salvación. Subió a las tablas del patíbulo un hombre de aspecto jorobado al cual ya le faltaba una mano y su condena era que le cortaran la otra. Parecía resignado a su suerte, aún así intento convencer a alguien aunque supiera que nadie le compraria como esclavo, puesto que ya le faltaba una mano y estaba un poco entrado en años. -Ya se que todos queréis que me corten la otra mano, pero ¿a nadie le hace falta una mano para realizar trabajo?. -Si nos hace falta, pero no una que nos robe.- Dijo alguien entre el gentío lo que provoco risas y abucharamientos. -Prometo no morder ni robar la mano que me da de comer- Suplico en un ultimo intento. Los abucheos fueron generalizados. Nadie quería comprarlo, por lo que los jueces cuchicheron unas palabras entre ellos y el que anteriormente había hablado dijo: -Tu condena es que te corten la otra mano. Verdugos apliquen la sentencia. Los verdugos, sin mas miramientos inmovilizaron con destreza al reo y en un cerrar y abrir de ojos le cortaron la otra mano, lo cual arranco un grito de dolor al condenado y la mano amputada y ensangrentada fue a parar a un cesto a propósito para tales restos. Pronto los ladrones condenados por delitos menores les fue aplicada su sentencia de cortarles una mano por sus hurtos y robos. El cesto estaba a medio llenar de manos amputadas y de sus juntas de mimbres chorreaba la sangre de esas amputaciones. -Que salga el siguiente reo condenado.-Dijo el Juez que en un principio había hablado. Esta vez subió al patíbulo un condenado relativamente joven, aunque su apariencia así lo mostraba, su mirada desafiante y temerosa a la vez, no parecía decir lo mismo. Era bastante alto y de proporciones en armonía con la ágil anatomía y fuerte anatomía que mostraban sus escasas ropas. Le habían condenado a cortarle los dos brazos, con lo cual de cintura para arriba estaba desnudo, mostrando un tórax fuerte y ancho. -Sobre ti pesa una condena de robo a los duques de la ciudad, por lo cual se te condena a la amputación de tus dos brazos. Aprovecha La Ley de La Sentencia de Los Ladrones que nuestro emperador viene a ofrecer si quieres salvar tus brazos. Miro a la muchedumbre que observaba ansiosa y exaltada por la sangre y guardo unos instantes de silencio. Observaba a cada uno de ellos, como buscando entre todos alguien que lo librara de su condena, pero sabía que tenia muy pocas posibilidades de existo. A casi todos los presentes les había robado algo, si no eran joyas y dinero, eran los corazones de sus bellas mujeres y las picaras de sus hijas, que caían como gorriones inocentes en la trampa de sus encantos. De todos modos se fijo de que habían bastantes forasteros, y esto le dio un poco de esperanza. Lo tenia muy claro, antes de dejarse cortar los dos brazos y acabar como un mendigo mendigando caridad para sobrevivir trataría de escapar. Si lo lograba seguirá vivo y entero , si no moriria en el intento, pero entero. Aspiro profundamente y trato de usar su mejor talento de orador, mientras que con rápidas miradas observaba los puntos por los que fueran mas factibles la huida. -Ya se que a la mayoría de los aquí presentes les gustaría ver como me cortan los dos brazos y así satisfacer aquello que os pude hacer mal, ¿pero dejareis que un cuerpo como el mio, joven y fuerte, se desperdicie por unas simpleces o malos entendidos? -Eso haberlo pensado antes. Ganas tenia yo de ver como te cortan los brazos, aunque mejor seria que te cortaran el pito.- Dijo uno que parecía conocerlo. -Si, así solo se fijaran en el los maricones del prostíbulo y no nuestras mujeres. -Ya quisieras tu tener ese pito, ¿a cuanto asciende tu compra guapo? -Sabes que es mucho dinero Marian, y ni todas las chichas de la taberna juntando sus ahorros serian capaces de comprarme, ya quisiera yo. -Guaperas, nadie te va a comprar y estoy deseando ver como cumplen tu sentencia.-Dijo alguien que parecía tener cierto odio y desden hacia la persona del condenado. De pronto un voz sonó entre los abucheos y comentarios a favor, sobre todo de las mujeres, y en contra, de los hombres ofendidos. -¡Yo Comprare a este ladrón! La voz sonó alta y fuerte por encima de todo el barullo que se estaba formando. Causa que hizo que todo quedara en un repentino silencio. Hasta los jueces parecían sorprendidos, ya que se preguntaban quien seria lo suficientemente rico o loco como para pagar las cien piezas de oro por un ladrón.