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LOS RELATOS DE LOS ANCIANOS
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Nombre: elanciano
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EL LADRÓN, EL CLÉRIGO Y LA PRINCESA 23/06/2008 13:35
La Princesa II





-Hermano, alquilar dos habitaciones dobles para esta noche.
-De acuerdo, ¿tardareis mucho?
-No me llevara mucho tiempo.
Balacberry los dejo a las puertas de la Posada del Ahorcado y se fue caminando hacia una de las casas de citas más importantes de la ciudad. Por el camino dio limosna a un mendigo y rehuso los servicios de dos mujeres que le ofrecían tentadoras. Pronto llegó a la casa de citas en cuestión. Era una casa de dos plantas con elegantes balcones en la fachada principal. Entro en ella y se encontró a dos mujeres que se hacían la manicura distraidamente a la espera de algún cliente. Lo observaron con detenimiento por un momento y una de ellas golosamente le dijo:
-Hola guapo ¿en que te podemos ayudar?
-Busco a La Princesa.
-¿La Princesa? ¿la chica de la limpieza?
-Sí.
-Es demasiado joven para un hombre como vos, además, ella no es del oficio.-Le dijo la otra mujer insinuante tratando de tentarlo con sus encantos.
-Puede, pero es a ella a quien quiero.
-Otro degenerado. No se que os pasa a los hombres últimamente, pero cada vez os gustan más jóvenes.
-¿..!
-¿Qué pasa? ¿Acaso vas de santurrón?
-No es la primera vez que alguien pide los servicios de La Princesa ¿verdad?
-¡Pues no! Y ya te hemos dicho que ella no es del oficio. Solo la chica de la limpieza. Aquí no degeneramos a jovencitas ni permitimos a viejos verdes.
-Sera mejor que llames a Omar. Este tío parece que le valla la marcha. Lastima.- Hablo la otra mujer.
No hizo falta llamarlo, puesto que los abucheos de las mujeres llamaron su atención. En la sala entro un hombre de gran estatura, tamaño y con cara de muy pocos amigos. Su aspecto de turco, con grandes bigotes y potente musculatura intimidaba a primera vista, pero esto no parecía afectar a Balacberry, el cual lo miro con toda la tranquilidad del mundo.
-¿Qué pasa chicas? Esta causando molestias este tipo.
-Ya ves Omar. Otro tarao que se empeña con La Princesa.
-A lo mejor tiene otros gustos que no se atreve a confesar. Anda guapo ven que te voy a dar un repaso.- Le dijo Omar con una sonrisa sarcástica y desafiante.
-Lo siento, pero no eres mi tipo. Prefiero a La Princesa.
-Si te va a gustar. Veras que pronto dejas de fijarte en jovencitas.
Omar no dijo nada mas y directamente le lanzo un gancho de izquierda que solo encontró el vació por destino. Intento reponerse de la sorpresa y lanzo otro gancho de derechas, con el mismo resultado. Ya no realizo ningún otro. Con cuatro golpes certeros Omar cayó K.O cuan grande era en el encerado piso de madera como un fardo con un sordo sonido.
Las dos mujeres quedaron con la boca abierta y asustadas. Miraron a Omar y después a BalacBerry, que seguía tranquilamente de pie observandolas serio.
Justo en ese momento entro una jovencita, de elevada estatura para su edad, con una melena de rizos negros como el carbón, recogidos en un moño. Aunque iba con vestidos propios de una sirvienta, no podían disimular el cuerpo que se escondía tras de ellos, joven, insinuoso y a punto de madurar. Observo la escena un tanto sorprendida, pero al fijar sus oscuros ojos negros en el rostro de BalacBerry, su sorpresa se transformo en una sorda y callada furia. Se miraron los dos intensamente a los ojos, sin apartarse las miradas.
-¡Princesa! Corre que este loco pretende saben los dioses que contigo.-Dijo una de las mujeres asustada.
-No os preocupe. Lo conozco.
-¿Qué... qué lo conoces..¡..!?
-No me pasara nada, aunque seria mas seguro dormir con una Cobra.
-¿Desde cuando conoces a gente así?- Dijo la otra mujer.
-Desde hace tiempo. Decirle a La Señora que tendrá que buscarse otra chica de limpieza. Creo que tengo que partir.
-¿Pe..pero, así, sin más?
-Lo siento, pero sería una larga historia. Lo siento por Omar. Le tenia cariño. Lo voy a echar de menos.
No dijo nada más. Dejo en un rincón los utensilios que llevaba para realizar las tareas de limpiar y salio de allí.
BalacBerry sonrió y se despidió de las dos mujeres con un gesto mudo.
Ya en el exterior caminaron uno junto al otro en dirección a La Posada del Ahorcado. Iban en silencio y fue la joven quien lo rompió.
-Si estas aquí es solo por una razón, ¿verdad?.
-No es solo una razón.
Se encararon uno al otro y la joven con un sonrisa dura y cruel le  dijo.
-¿Oh si?, ¿cual es la otra?
-Te echaba mucho de men...
No pudo terminar lo que iba a decir. El primer gancho de derechas lo pudo esquivar, pero el de izquierdas no lo vio venir e impacto en su mandíbula co0mo un martillo que lo dejo sentado en el suelo un tanto confuso.
Se froto la dolida mandíbula y mirándola le dijo:
-Nunca recuerdo que eras ambidextra.
-Me ensañasteis mucho, ya no soy aquella estúpida chica.
-Ya, veo que no.
-¿Por qué te empeñas en volver? Todo termino. Yo, para mi desgracia o suerte, me he quedado como ves y tú, por lo que observo sigues igual.
-No, no sigo igual. Siento que cada día que pasa me muero un poco más.
-Pues no te se nota.
Habían vuelto a caminar uno al lado del otro pausadamente, sin hacer caso omiso de los curiosas que habían presenciado la escena del puñetazo.
-Creo que sería inútil insistir te en que olvidadas todo, ¿que razón te lleva esta vez hacia La Frontera Azul?
-Alguien pretende hacer lo que realizamos nosotros.
-Bueno, ¿y que te puede importar eso?
-Es alguien muy poderoso. Tanto que podría envolver el mundo en tinieblas por toda la eternidad.
-Pero que ingenuo que eres. ¿Pretendes engañarme otra vez con el mismo cuento de niños?
-Esta vez no es ningún cuento, ni tampoco lo fue el anterior. Sabes muy bien lo que nos jugamos en aquella ocasión- Dijo duramente Balacberry cogiendo a la joven por un brazo y deteniéndose para encararse a ella.
-Y mira lo que conseguimos. De aquello hace mucho tiempo y todavía no he podido curar mis heridas. Me creo que en toda la eternidad llegaran a cerrarse. Y todo por perseguir una quimera.- Le espeto ella más duramente si cabe, saltándose de la garra que le aferraba el brazo con un gesto de desprecio y volviendo a reanudar la marcha.
Se detuvo ante un puesto de frutas y cogió distraídamente un par de piezas de manzana, que pago Blacberry.
- A cuantos has contratado esta vez. Me imagino que a un pequeño ejercito. Visto la experiencia de la última vez...- prosiguió la joven un tanto más calmada.
-Contigo solo seremos cuatro.
-¡..!?... ¿Cuatro? ¿solo cuatro?. Tu estas mal de la pelota. Me parece que me voy a ir de nuevo a la casa de La Señora y jamás me acordare de que ni siquiera te he conocido.
-El Clérigo puede conseguir lo que vas a desear toda la eternidad y jamás podrás tener.
Lo miro intensamente apretando los puños con fuerza.
-Esta bien, ¿qué pretendes? El Clérigo no es ningún iluso y no hace las cosas si no esta verdaderamente seguro de sus posibilidades.
-Cuando lleguemos a La Posada del Ahorcado lo sabrás. Seras libre después de hacer aquello que creas conveniente.
-De acuerdo. Solo por curiosidad, ¿quién es el cuarto?
-Un ladrón que compre en la ciudad de Is.
-¿Un ladrón? decid-amente estas chalado del todo.
-¡...!-
-Dime, que pueden hacer un ladrón, un clérigo y una princesa en semejante lugar olvidado de la mano de los dioses. La última vez eramos más de un centenar y solo quedamos más que un puñado de sobrevivientes moribundos, que el tiempo ha ido encargándose de acabar de fulminarlos.
-Solo te diré que uno robara una joya, el otro un alma y tú... un corazón.
-Eres un cerdo, ¿lo sabías?
Nada más se dijeron y con paso rápido llegaron a La Posada del Ahorcado. El resto del día lo pasaron cada cual a lo suyo, entre sus pensamientos, preparándose para lo que se les avecinaba, porque si bien el clérigo, la princesa y Balacberry ya tenían claro a donde iban, Roy solo se lo imaginaba, pero daba por echo que seguramente hacia allí se dirigían ¿A qué? Los dioses dirán, pero se había echo una firme promesa. Que saldría vivo de allí para poder contarlo a sus nietos, si es que algún día los tenia.
-Por lo menos la chica es guapa, aunque me parece muy joven. Seguramente son padre e hija o alguna protegida a su cargo.- Pensaba para si mismo Roy mientras preparaba a conciencia sus pertenencias y lo que iba o no a llevar en el viaje.
-Coje nada más que lo necesario y aquello que verdaderamente te sea útil- Le había aconsejado El Clérigo.
A la mañana siguiente partirían y como le había dicho BalacBerry, en el alto que harían en Las Colinas del Silencio quedaría claro que es lo que iban a hacer, porque donde, aunque nadie le dijera nada al respecto, sentía que ya lo tenia muy claro.

 

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EL LADRÓN, EL CLÉRIGO Y LA PRINCESA 19/06/2008 14:28
LA PRINCESA



 

 

Continuo observandolos en silencio, pensando que a lo mejor solo era una quimera suya, pero la presencia del Clérigo le hacia pensar lo contrario.
-Espero que estos dos no me quieran llevar hasta La Frontera Azul.-Pensó.
-¿Y la carta que le dio al matón que quedo vivo de la refriega del bosque para El Conde?.-Continuo pensando para si mismo.
-¿Acaso ya la tenia preparada y sabía lo que iba a ocurrir?.-pensó todavía más profundamente sin darse cuenta de que lo estaba mirando fijamente.
BlackBerry se percato de la intensa mirada que le dirigía Roy y como si le leyera el pensamiento le dijo:
-Se que todo esto te parece muy extraño, pero pronto tus dudas seran satisfechas.
-Per...perdone señor, pero...-Se disculpo Roy.
-Creo que conoces al hermano Simón.
-Esto... si, creo que si, aunque es más conocido como El Clérigo.
-Bien. Asegurate de que el mozo se ha encargado correctamente de los caballos.
-De acuerdo.
Roy se levanto y sin decir palabra se fue a cumplir el mandato de su señor.
Una vez estuvieron a solas y asegurándose de que el posadero no prestaba atención a la conversación, le dijo al hermano Simón:
-Por donde crees que es mejor cruzar.
-Por el Oeste, pero tendremos que cruzar La Tierra de Los Vándalos.
-Cierto. Veremos de lo que es capaz nuestro joven sirviente.
-¿De veras crees que podrá hacer algo?
-Mi oro me ha costado, además se de buena fuente que conoce esas tierra y a esas gentes.
-De todas maneras es peligroso. Por esos lugares no se andan con tonterías y podemos acabar colgados del cuello de cualquier árbol.
-Es un riesgo que tenemos que correr.
-Pronto amanecerá, ¿piensas continuar? Aún esta lejos la frontera y un poco de descanso no nos vendría mal después de estar casi toda la noche cabalgando.
-Solo hasta la ciudad de Loto. Allí tenemos que recoger a otra persona.
-Al menos seremos seis brazos para luchar, si la cosa no va bien ¿Puede saberse de quien se trata?
-De una Princesa.
-¿¡..!?... ¿Una mujer?...
-Temes que tiente tus votos.
-No, claro que no. Hasta nuestro señor necesita de sus desahogos, pero a mi entender no es muy aconsejable. Nos puede resultar una carga y un problema.
-Te aseguro que ni lo uno ni lo otro.
En ese momento entro Roy y dejaron de hablar.
-Señor, el mozo cumplió lo mandado. Los caballos están bien atendidos.-Dijo Roy.
-En ese caso hermano... partamos. Nos vamos a la ciudad de Loto.-Dijo Simón con aire un tanto cómico y resignado a la vez.
Roy, un tanto asombrado, miro a su señor y este le dio a entender de que así era. Partirían de inmediato a la ciudad de Loto.
Pagaron las viandas y el servicio de cuadra de los caballos y sin más demora partieron, con el sol despuntando por el horizonte y antes de ningún inquilino de la posada se levantara, hacia la ciudad de Loto por el camino, solitario a esas horas de la mañana que llevaba a la ciudad.
Por el camino Roy no dejaba de pensar en aquella carta que le dio al matón dirigida al Conde.
-Me parece que pronto volveremos a tener noticias del Conde. Mejor sera prepararse para lo que tenga que venir.-Pensaba Roy.
No tardaron mucho en llegar a la ciudad de Loto, puesto que no era mucha la distancia a la que estaba desde la posada donde habían repostado.
Llegaron a una hora en la cual las gentes de la ciudad, en su mayoría, ya populaban por las animadas calles yendo de un lugar a otro realizando sus quehaceres, compras, negocios... Nadie presto especial atención a los tres viajeros que acaban de entrar en la ciudad por una de las puertas. Loto, de echo, era una ciudad a la cual iba mucho forastero, puesto que era una ciudad bastante comercial. Herrerías, comercios, tabernas y demás negocios hacían que la ciudad y su economía siempre estuvieran a la alza, razón por la que muchas gentes iban a vender o comprar sus productos, a buscar trabajo y sobre todo por las casas de citas, las cuales eran de las más famosas y de fiar de todo el condado. En aquellas casas de citas mas de uno se había dejado su fortuna que anteriormente había ganado con sus negocios o su trabajo. Pararon en una posada que tenia un peculiar nombre, La Posada del Ahorcado, pero a pesar de su nombre se veía limpia y bien cuidada, con buenas cuadras para las monturas y un delicioso olor de comidas guisadas que salia de las cocinas.
 
 

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EL LADRÓN, EL CLÉRIGO Y LA PRINCESA 13/06/2008 13:42
EL CLÉRIGO






-¿Por qué me ha comprado, Señor?-Le pregunto Roy.
-Pronto lo sabrás.
-Tengo una duda sobre lo que dijo en el mercado al Conde.-Volvió a preguntar.
-¡..!
-Si una noche cualquiera decidiera volar por mi cuenta...
-Ese día ciertamente morirás.-Le respondió fría y soberanamente.
Habían llegado a las puertas de la ermita. Desmontaron y Roy se encargo de las dos cabalgaduras.
-Ahora espera aquí. Tengo que realizar una visita.-Le dijo a Roy mientras que llamaba a la puerta de la ermita. Al poco abrió un monje y con voz serena y tranquila le pregunto:
-La Paz sea con vos, viajero. ¿Em que os puedo servir?
-Quisiera ver al hermano Simón, si esta disponible.
-¿Al hermano Simón? ¿se puede saber quien pregunta por Él?-Pregunto el monje un tanto extrañado, pero a la defensiva.
-Decirle que viene a visitarlo un viajero que viene de Las Tierras del Oriente.
-Grande es el viaje, Las Tierras del Oriente están muy lejos de aquí. Si hacéis el honor de esperar le anunciare al hermano Simón vuestra petición.- Respondió el monje cerrando la puerta.
Al cabo de unos minutos volvió a aparecer el mismo monje.
-El Hermano Simón os espera ¿tendréis el bondad de seguirme, señor..?
-Desde luego hermano.
Entraron en la ermita cerrando la puerta tras de si. Roy quedo allí solo, meditando los hechos que hasta ese momento habían acontecido. Su compra en el mercado, el enfrentamiento dialéctico con El Conde, la refriega en el bosque y la sencillez y efectividad con la que la había resuelto y sobre todo el aviso totalmente claro si intentaba la fuga.

-¿De Las Tierras del Oriente- Se preguntaba para si Roy. Desde luego una cosa estaba clara. Su intuición no le había fallado. Era un hombre de armas y por lo visto las sabe manejar muy bien. Se fijo en su caballo, negro azabache, de fina estampa y pura sangre. Pastaba junto al suyo tranquilamente. La montura estaba repujada de un fino cuero de  calidad que, a bien seguro, valdría una fortuna. En uno de los lados estaba la lanza y había colocado nuevamente La Katana en el otro lado de la silla. Se acerco para observar mejor aquellas armas, pero para su sorpresa el caballo, al verlo venir se removió nervioso.
-¿Boo!, tranquilo chico.- Intento tranquilizar al caballo con suaves palabras y agradables pequeños silbidos y ronroneos.
Ahora el caballo, no dando crédito a lo que veía, había soltado las bridas que lo amarraban a una de las ramas bajas de un árbol y se alejo pifiando y relinchando a modo de aviso.
Intento otra intentona, pero el caballo no permitio que se le acercara y trato de embestir lo avisándole de lo que le ocurriría si se empeñaba en intentar atraparlo.
-Bonito ejemplar, además de bien domado.-Pensó para si en voz alta.
-Espero que algún día de estos podamos ser amigos. Estoy seguro que nos vamos a necesitar mutuamente.- Le hablo al caballo.
Se acomodo junto al tronco de un árbol y dejo pasar el tiempo meditando sobre el cambio que parecía haber dado su vida.
No supo con certeza cuanto tiempo había transcurrido desde que su señor entrara en la ermita, pero sintió como le azuzaban para que se despertada, puesto que se había dormido. Estaba cerrando la tarde y cuando habían llegado a la ermita todavía estaba el sol alto. Ahora lo veía como se iba ocultado en el horizonte y las sombras se iban apoderando poco a poco del entorno.
-Despierta, ¿es así como vigilas a los caballos?-Le espeto su señor.
-Disculpar, pero con las emociones del día quede rendido sin poder remediarlo. Esta todo tan tranquilo.
-No trates de ver que es lo que tiene o no mi caballo cuando no estoy delante. Por esta vez has tenido suerte. Por lo visto le has caído bien y solo ha tratado de avisarte.
-¿¡..!?
-Trae las monturas y disponte para partir. Tenemos que recorrer un largo trayecto y el tiempo no juega a nuestro favor precisamente.
-¿Ahora?, pronto caerá la noche y no es aconsejable viajar de noche por el bosque.
-No discutas mis ordenes y haz lo que te digo.
No le contradijo mas sus ordenes y se fue en busca, primeramente del caballo de su señor que continuaba cerca de allí pastando con total libertad.
-"¿Como supo que quería curiosear?"-Se preguntó. Esta vez el caballo se dejo llevar mansamente hacia el lugar donde estaba su amo. Espero tranquilamente con los dos caballos cogidos por la brida. Su señor se acerco junto a su caballo y monto. Roy hizo lo propio. Se percato de que la puerta de la ermita estaba abierta y por ella asomo otro jinete en otra magnifica montura de colores tordos, que vestía los habito de los monjes. No pudo verle la cara, puesto que le tapaba el rostro la capucha que llevaba puesta. Sin decir palabra se puso a la cabeza y comenzaron a cabalgar hacia el sol poniente.
Cabalgaron hasta bien entrada la noche y cuando la luna creciente se oculto llenando todo de una oscuridad casi absoluta, llegaron a una posada que estaba en el camino que ellos transitaban. Se veían luces y parecía como si los estuvieran esperando, o por lo menos esa fue la impresión que le dio a Roy. Descabalgaron y acercaron las monturas en un abrevadero para que bebieran los caballos. En ese momento salió un joven a atenderles.
-Pasen los señores, mientras llevare sus monturas a los establos.-Les dijo un tanto nervioso.
- Dales buen rancho y cepillalos cuidadosamente del polvo y fango del camino.- Hablo por primera vez el monje, mientras cogía sus cosas de la montura.
-Como mandeis hermano.- Respondio el jonven mozo de cuadras cogiendo los caballos.
Roy y su Señor hicieron lo mismo, no dejando nada de mucho valor que tentara la codicia del mozo de cuadras.
Entraron en la posada y el posadero los sentó en una mesa discreta cerca del hogar de una gran chimenea. A aquellas horas de la noche no había nadie en la posada, por lo menos despierto, que estuviera tomando alguna bebida o comiendo algunas pitanzas.
El posadero les trajo bebida y comida y en silencio despacharon aquellos alimentos.
El Monje se había descubierto el rostro y al verlo Roy quedo de una pieza. El Hermano Simón no era otro que aquel que conocían muchos con el sobrenombre de El Clérigo. Era un hombre bastante corpulento y de gran altura. Con un rostro como de santo, como si una aura de paz y serenidad rodeada aquel rostro de proporciones armoniosas. Todos los que conocían al monje sabían que era una persona amable y tranquila, pero tras esa tranquilidad se ocultaba todo un temperamento. A pesar de vestir los habitos, en más de una ocasión, no había dudado de matar, cosa por la cual era temido y respetado, aunque  el resto de los hermanos de su orden no estaban muy de acuerdo con la actitud del Clérigo, pero esto no parecía afectar lo más mínimo al Clérigo, puesto que seguía dando sus sermones. Lo que si era cierto era que hacia tiempo que no se le veía mucho, sobre todo después de que una de las autoridades eclesiásticas de Los Templos le acusara de demonio y servir al diablo, autoridad que acabo remojada en uno de los abrevaderos de los establos de la ciudad, para la mofa de muchos y el desespero de otros. Por esta razón le habían privado de sus derechos de monje y casi de sus habitos, aunque la razón por la que las lo desprestigiaban eran por las locas teorías que tenia sobre Los Limites de La Frontera Azul. Pensando en esto una sospecha le embargo su animo.
-¿Acaso su señor pretendía viajar a La Frontera Azul?- Pensó para sí mientras los observaba en silencio.

CAPITULO  V


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EL LADRÓN, EL CLÉRIGO Y LA PRINCESA 09/06/2008 13:06
EL FORASTERO Y EL LADRÓN





El joven ladrón
siguió a su nuevo amo preguntándose quien seria y el
por que había pagado la suma de cien monedas de oro que el
conde había impuesto, porque de una cosa estaba seguro; que
era El Conde quien había impuesto tan desorbitada cantidad,
asegurándose así de que la sentencia que le habían
impuesto se cumpliera. ¿Quién podría parar
semejante suma? Nadie. Ni realizando una colecta, como le había
dicho a Marian, lograrían reunir tal cantidad. De otra cosa
también estaba seguro; el forastero, su nuevo amo, se había
granjeado un enemigo. El orgullo del Conde se había visto
ofendido por partida doble: una, se le había discutido en
público su autoridad y señorío en la ciudad;
dos, se había quedado sin el placer de ver como le cortaban
los brazos a quien había ofendido su orgullo y dignidad
seduciendo a su bella mujer, la cual le dirigió una mirada de
aprecio y gratitud cuando marchaba en pos del forastero. Seguro que
pronto tendrían problemas. El Conde no eras de los que dejan
pasar las ofensas y menos aún olvidarlas y perdonarlas y de
buen seguro que mandaría a sus matones a sueldo para que
dieran cuenta de ellos. Con estos pensamientos estaba cuando se
percato que se dirigían hacia la puerta Sur de la ciudad. Tal
y como se habían desarrollado los acontecimientos no era
aconsejable tomar esa salida, ya que no solía estar muy
transitada y el camino pronto iba a desembocar a parajes solitarios
entre las arboledas de bosque. Eso era darle ventajas al Conde,
puesto que daba por sentado que sus matones irían a por ellos.
Trato de ponerse a su altura y así comentarle le que pensaba y
el posible peligro que podían correr marchando por el Sur,
cuanto si salían por la puerta Este era mucho más
segura y transitada hasta la próxima población.

-Disculpar señor,
si queréis que os llame así, pero me gustaría
comentaros algo.

Pareció como si no
le fuera escuchado y continuo caminando en silencio sin ni siquiera
dirigirle una mirada.

-Es bueno que sepáis
que seguramente El Conde mandara a sus matones tras nuestros pasos.

-Lo se.

-Y que por esta salida le
estamos dando facilidades. Suele ser una ruta bastante solitaria.

-Lo se.

-Y que posiblemente
tengamos que hacer noche en el campo o el bosque.

-Lo se.

-¿Y esto no os
preocupa?

-No.

Parecía increíble.
O estaba mal de la cabeza o tenía la sangre muy fría.
Posiblemente por eso dijo que se le devolvieran sus armas, puesto que
ahora que se fijaba, su amo no parecía llevar ninguna, por lo
menos a la vista, aunque algo le decía que tras esa apariencia
se escondía un hombre de armas. Caminaba relajado y tranquilo,
pero muy seguro de si mismo, como si el echo de no ir armado y a
sabiendas de que los perseguirían los matones del conde, no le
afectara lo más mínimo. Hasta ahora tan solo había
conseguido más que arrancarle monosílabos a sus
inquietantes preguntas y estaba a punto de decirlo si estaba en sus
cabales cuando de imprevisto apareció en el camino un
magnifico corcel tan negro y oscuro como la noche. Se acerco
mansamente y pifiando a su amo, el cual lo acario y le susurro unos
palabras ininteligibles que no pudo comprender, pero que parecía
que el animal las entendía a la perfección.

En un lado de la montura
estaba sujeta una lanza de no muchas dimensiones y en el otro, una
Katana. En parte esto le tranquilizaba, puesto que su intuición
no se había equivocado, pero por otro lado le inquietaba. Esas
eran armas de Maestros, de maestros nada vulgares y corrientes. De
maestros que podían demostrar una crueldad a la hora del
combate fuera de lo común. Sabía que quienes portaban
estas armas pertenecían a una especie de orden de
Monjes-Soldado y estos, por lo que tenía entendido, eran
letales y mortales en la palabra y el combate.

-Montemos.-Fue todo lo
que dijo.

Al cabo de un tiempo de
cabalgar se detuvieron en un claro del bosque que había junto
al camino por el cual transitaban. Sin decir palabra le indico que
desmontara, atara los caballos a un árbol cercano, con un
apetecible pasto para la cabalgaduras, que guardara silencio y se
sentaron en unas pequeñas piedras que estaban dispuestas a
modo de cómodos e improvisados asientos. Ahora llevaba la
Katana colgada en la espalda, a modo de bandolera. Ni siquiera se
había dado cuenta de cuando se la había colgado a la
espalda.

-¿Por qué
se detenia en este lugar?-Penso par si mismo el joven ladrón.

-¿Quién
sera en realidad? Espero que por lo menos no este chalado- Lo
obsevaba en silencio mientras meditaba tales cuestiones. Sus
preguntas pronto tuvieron respuesta, puesto que se escuchaban los
cascos de otras monturas que se acercaban hacia donde ellos estaban.
 
Eran tres jinetes, armados hasta los dientes los tres. Se detuvieron cerca de ellos, mientras que tranquilizaban los caballos sudorosos por la cabalgada. Uno de ellos, el que parecía el jefe de los tres, de gran corpulencia y aspecto de oso por su gran cabellera y gran barba, conocía al joven ladrón y hacia él dirigió sus palabras:
-Valla, veo que todavía no has robado a tu nuevo amo.
-Siempre tan chistoso, ¿que te trae por aquí? ¿alguna recompensa?- Le contesto mientras que se aseguraba disimuladamente que tenia las armas prestas para la lucha. Eran los secuaces Conde y sabía a que habían venido.
-Jau, jea, ha! Siempre tan suspicaz ¿quién es tu nuevo amo?
Mientras charlaban  habían desmontado de los caballos y estaban trazando un circulo tomando las posiciones de la espalda del Monje y El Ladrón.
-Mort, mejor sera que les digas a tus matones que se mantengan a la vista.
-No temas. Solo queremos charlar un poco, ¿verdad compañeros?
-Pero yo no.- Hablo en ese momento El Monje sin apenas moverse de la posición en la que estaba sentado.
Los dos que trataban de rodearlos se quedaron parados ante la repentina intervención del Monje. Miraron a su jefe y este con un gesto les indico que siguieran mientras trataba de distraer al Monje con su charla.
-No es de caballeros despreciar así a unas gentes que vienen en son de paz.
-Mort, así te llamas ¿no? Deja me que te diga una cosa.
-Efectivamente. Ese es mi nombre, ¿y el vuestro?
-Marcharos y llevad este mensaje a vuestro amo, El Conde.- Le extendió una carta sin hacer caso omiso a su pregunta con toda tranquilidad mientras que se ponía en pie sin dejar de observar a su alrededor.
-¿Acaso tenemos pinta de mensajeros?
Sin mediar palabra el monje hizo un quiebro hacia su izquierda y de su mano partió un puñal de lanzamiento como brotado por arte de magia. De los arbustos a los cuales había lanzado el puñal se escucho un sordo gemido y un cuerpo sin vida de un arquero que estaba listo para disparar sus flechas cayó hacia adelante con el puñal clavado en medio de la frente.
-Mejor mensajero vivo que muerto.- Dijo el Monje con una sonrisa helada.
Los tres matones se habían quedado como clavados en el suelo. No se esperaban aquella reacción. Su plan era acabar con El Monje y entregar al Conde El Ladrón maniatado acusándolo de haber matado a su nuevo amo y así que se cumpliera la sentencia de la cual se había librado.
El primero que reacciono fue Mort, que lanzando un gruñido se abalanzo hacia El Monje blandiendo un hacha de doble hoja tratando de cortarle lo que le pillara a su paso. Fue el primero en caer. Al igual que el puñal la Katana pareció brotar de sus manos y con un gesto hábil y preciso le segó la cabeza de un solo tajo y esquivo el cuerpo sin cabeza que siguió su propia inercia, sin saber que estaba decapitado, hacía uno de sus compinches que atacó a la misma vez que su jefe, con tan mala fortuna que fue este quien recibió en pleno rostro el hachazo que iba dirigido al Monje. El tercero, aún vivo, estaba aterrorizado y no sabía que hacer si echar a correr o atacar, pero viendo lo que había visto opto por levantar las manos en señal de rendición y arrojo sus armas al suelo.
-Solo cumpliamos ordenes del Conde- Dijo asustado.
-Coge los cuerpos de tus compinches muertos y toma este mensaje para el Conde. Hoy has tenido suerte. Espero no verte más, porque la próxima vez te matare.
-Como ordene señor.
Todo había ocurrido sin que ni tan siquiera El Ladrón tuviera tiempo de intervenir y estaba tan sorprendido como el matón que había quedado vivo de la breve refriega.
-Vámonos. Aquí no tenemos nada que hacer ya- Le dijo El Monje envainando La Katana con gestos fríos y serenos, desprovistos de todo sentimiento, como si aquello fuera algo habitual a lo que estaba acostumbrado. Desclavo el puñal del arquero muerto, le limpió la sangre en las mismas ropas del muerto y le hizo señas al Ladrón para que acercara los caballos. montaron y si más partieron siguiendo su camino. Pronto llegaron a un cruce de caminos y cogieron el camino que se dirigía hacia el Oeste.
Pronto divisaron una ermita que se alzaba majestuosa en el horizonte, a pesar de no ser de muy grandes proporciones. Detuvieron sus cabalgaduras
-Conoces esa ermita de monjes?.-Le preguntó el Monje señalándole la ermita que se perfilaba en el horizonte.
-Creo que si, aunque nunca estuve en ella.
Dejaron que los caballos fueran a paso lento.
-Creo que ya es hora de que nos presentemos. Mi nombre es BalakBerry, pero siempre me llamaras Señor. ¿Te dice algo mi nombre?.
-No, creo que no.- Le contesto pensativo.
-Mejor. Se que te llamas Rory, Rory Calanguer, mas conocido como Roy El Ladrón.


CAPITULO IV
 

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EL LADRÓN, EL CLÉRIGO Y LA PRINCESA 07/06/2008 07:45
EL FORASTERO





El ladrón, por su parte, no se podía creer lo que estaba ocurriendo. Alguien que no sabía ni quien era estaba dispuesto a pagar la cantidad que se exigía por él. Se fijo en quien era aquel forastero que no conocía de nada y que estaba seguro que era la primera vez que lo veía en su vida. Era alto, de pálido rostro y extraños ojos claros. Tenia una larga melena negra y oscura como la noche que la recogía en una coleta. Sus ropas, aunque no eran lujosas, si parecían ser caras, sobre todo la oscura capa con capucha. Le miro directamente al rostro, pensando que a lo mejor no iba en serio lo que acaba de decir, aunque su silencio parecía no dejar lugar a dudas.
-Compro a ese ladrón.-Volvió a decir fuerte y claro.
Cerca del patíbulo ya la misma altura que este, estaban los gradas de las personalidades y autoridades de la ciudad, los cuales miraban al forastero de negra cabellera y ojos claros curiosos, algunos, y con gestos de rabia, otros. Sobre todo El Conde de la ciudad, que era quien había impuesto el precio de las cien monedas de oro por el joven ladrón. Nadie en la ciudad osaba discutir o cuestionar las decisiones u ordenes que daba El Conde, ni tan siquiera el Alcalde y mucho menos el Alguacil encargado del orden de la ciudad. Desde hacia tiempo en la ciudad imperaba la ley del Conde y allí se hacia lo que él quería y deseaba. Por lo tanto era este quien con mas odio miraba al forastero, que observaba como se dirigía hacía el patíbulo entre la muchedumbre, se subía y se dirigía hacía la mesa de los jueces, depositando en ella una bolsa con las cien monedas de oro. Uno de los jueces dirigió disimuladamente la vista hacia el Conde, en espera de que le indicara que hacer. No se podía negar, puesto que La Sentencia de Los Ladrones era un decreto del mismo Emperador, aunque no siempre se celebraban tales eventos, sino más bien eran esporádicos y  por unas causas y motivos que no estaban del todo claros. Este era uno de ellos y negarse a no aceptar el oro por la compra del ladrón sería como revelarse al Emperador, a sus leyes y sobre todo a su mandato indiscutible.
El Conde lo sabía, por lo que tomo baza en el asunto.
-No deberíais desperdiciar vuestro oro por un vulgar ladrón. Cien monedas de oro son una verdadera fortuna.-Le hablo El Conde al forastero con un tono de voz que más parecía querer imponer su voluntad que aconsejar.
-Estoy de acuerdo con vos. Es una verdadera fortuna.- Le contesto indiferente.
-Seguramente a las primeras de cambio os robara y huira, dejar que se cumpla la sentencia y que le corten los brazos.
-Os aseguro que si eso ocurriera el mismo día moriría irremediablemente.
Se lo dijo mirándole a los ojos fijamente, con una mirada fría y autoritaria.
El Conde no estaba acostumbrado a que le contraindicaran en público tan descaradamente y menos todavía que lo desafiaran con la mirada tan abiertamente como lo hacia el forastero de ojos claros. Intento imponer su deseo y mando y le aviso, mas que aconsejarle de sus intenciones:
-Si lo vais a matar, como es probable que ocurra, para que gastar una fortuna en esa escoria. Dejar que cumpla su sentencia y os evitareis problemas, os lo aconsejo.
-No dejéis que vuestros actos den a entender que no estáis de acuerdo con los mandatos del Emperador, pudiera ser que fuerais mal interpretado y eso disgustaría al Emperador, sobre todo viniendo de un noble.
El grasiento rostro del conde parecía estar encendidos en fuego y miraba la forastero con ojos inyectados en furia, pero supo controlar su ira y simulando una calma aparente le dijo:
-No es esa mi intención. Por supuesto que sois libre de comprar a este ladrón, pero siempre es bueno escuchar los consejos de quien conoce a esa escoria, puesto que vos, por lo que veo, sois forastero.
-Y seguiré siendo forastero. Solo he venido a comprar un esclavo.
-Al menos decid me un nombre con el cual llamaros, ya que parecéis una persona educada.
-Mi nombre nada os importa. Si lo supierais no vendría a comprar un esclavo. Juez, devuelvan las pertenencia a mi esclavo, incluidas sus armas y su caballo. En esa bolsa esta el precio estipulado por tan caro esclavo.
El Conde tuvo que morderse la lengua para no dejarse llevar por un arrebato de rabia. Acaba de ser ridiculizado ante los ojos de los habitantes de la ciudad de Is que hasta el momento ni tan siquiera habían abierto la boca, conservando un silencio y mutismo total.
Por su parte el forastero de ojos claros dio por terminada la conversación con el Conde y se aseguro que se cumpliera lo exigido por él.
El joven ladrón, aunque tranquilo, no daba crédito a lo que acababa de suceder. Sería un esclavo, pero entero y además con sus armas y el bonito y noble caballo que la mujer del  Conde le había regalado por los servicios realizados en su persona. Se acabo de vestir con las ropas que le había quitado para la ejecución, cogió sus pertenencias, asió al caballo por las bridas que le habían traído de los establos y fue en pos del forastero de ojos claros, que con un gesto le indico que le siguiera y se marcharon de allí entre el creciente murmullo que comenzaba a resurgir de la muchedumbre allí reunida. El Conde, granate de ira contenida, dejo el palco de las personalidades y seguido de sus lacayos marcho de allí como alma que se lleva el diablo apartando a empujones a todo aquel que se interponía a su paso.

CAPITULO III  Chulo

 

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